Los recursos latinoamericanos que en el pasado eran procesados sobre todo en Europa occidental o Estados Unidos, ahora lo son en Asia, especialmente China. Desde allí se lanzan bienes que se compran en los países industrializados pero también en nuestro sur. El costo de la mano de obra se volvió ínfimo, sea en la fase de extracción como en la de manufacturación. Los trabajadores terminan perjudicados, sea en nuestro continente como en las grandes factorías asiáticas. En todo ese encadenamiento estamos frente a una apropiación de la naturaleza directamente asociada a la subordinación y marginación del empleo humano. La explotación de la Naturaleza va de la mano con la explotación del trabajador. Defender entonces las condiciones medio ambientales, también es parte de la defensa de los trabajadores.
La lucha política es una lucha por las palabras, finalmente es una lucha también en teoría. Venimos señalando acá que necesitamos reconstruir nuestra propia voz, balbuceante, incompleta pero propia. Muchos compañeros nos antecedieron en este camino lleno de dificultades, no es nada sencillo salirse de la huella hegemónica, tampoco en teoría. Mariátegui es uno de los pioneros en ese intento contra – hegemónico. Por supuesto se lo invisivilizó y desacreditó como correspone a todo pensador popular- democrático. Pero no hay que decaer y seguir los caminos por los que ellos ya transitaron. No con el espíritu de un «waze», se trata de, afirmados en lo conocido, buscar nuevas alternativas, nuestra palabra, y siempre «a pesar de los bombos».
En un mundo dominado por las redes sociales, los libros siguen siendo importantes. La derecha lo sabe y también libra sus batallas desde la industria editorial. Ezequiel Saferstein, sociólogo especialista en edición y cultura impresa, analiza cómo las derechas radicales se hicieron fuertes con los libros en la mano. Una derecha radical libre de la cooptación ideológica que sufren los progresismos vergonzantes, que toman como propios los valores de la derecha y hasta abjuran de la existencia de presos políticos. A pesar de los bombos, digamos