A veces, la muerte de un solo ser supone el fin para toda la humanidad. Es el caso de la desaparición de Leïla Shahid, que no solo fue la voz de una causa, sino también la de su universalidad. ¿Cómo no vivir su suicidio como un grito de rebelión ante el destino de Palestina? Hay desesperanzas íntimas que se unen a las tristezas colectivas. Todos sus allegados sabían que Leïla Shahid era depresiva. A sus arranques de energía y combatividad, en los que se la veía tal y como siempre se mostraba en público, generosa y alegre, les seguían períodos secretos de cansancio y abatimiento. Siempre disponible, preocupada por los demás, curiosa por todo.
Ucrania, Palestina, Venezuela y ahora Irán constituyen distintos frentes de un conflicto global. Además de seguir la agenda del sionismo en la región, el ataque a Irán intenta impedir por la fuerza el ocaso de la hegemonía estadounidense y occidental.
Una macroeconomía ordenada que se sostiene sobre ajuste fiscal contractivo, crédito restrictivo, tipo de cambio apreciado y apertura comercial indiscriminada tiende a reproducir un patrón con demasiados ejemplos en la historia económica argentina, sin embargo como señalaba Rodolfo Walsh en 1968 «Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas»