A 54 años de la Masacre de Trelew, el fusilamiento de 16 militantes políticos permanece como uno de los antecedentes decisivos del terrorismo de Estado argentino. La entrega bajo custodia, el asesinato y la posterior desaparición de los tres sobrevivientes revelan la continuidad de una política represiva que Trelew anticipó y la dictadura de 1976 llevó a escala nacional.
Una lectura imprescindible para entender nuestros orígenes, dice Roberto Baschetti en su reseña del libro “Orígenes. Las raíces de nuestra militancia” que acaba de publicar Mario Firmenich, en el que repasa los hechos y los nombres que conforman la columna vertebral de la corriente nacional, popular y revolucionaria en la Argentina.
Gallo Mendoza representa una tradición político-intelectual argentina hoy particularmente necesaria: la del técnico que no separa conocimiento, estructura económica y transformación social. Su trayectoria —ingeniero agrónomo, investigador, docente, planificador y militante— estuvo atravesada por una preocupación central: quién controla los recursos estratégicos y para qué proyecto de país se los utiliza.
Hay un punto especialmente significativo: su estudio de 1964 sobre la tenencia de la tierra. Allí identificó que las políticas de crédito, semillas o comercialización podían aliviar problemas del sector agropecuario, pero no resolvían la cuestión fundamental: la estructura de propiedad de la tierra.
Ese planteo conserva una extraordinaria actualidad. La cuestión agraria argentina no puede reducirse a productividad, exportaciones o incorporación tecnológica. Detrás de esas variables existe una relación de poder: quién posee la tierra, quién controla los recursos naturales, quién captura la renta y quién decide el destino de la producción.
Por eso resulta muy acertada la comparación que hace el homenaje con Bialet Massé. Si Bialet Massé había recorrido el país para mostrar las condiciones materiales de las clases trabajadoras, Gallo Mendoza estudió cómo estaba distribuida la propiedad territorial. Ambos hicieron algo políticamente incómodo: obligaron al Estado a observar las relaciones de desigualdad que sus propias estructuras reproducían.
Y hay una segunda dimensión que vuelve especialmente contemporáneo su pensamiento. En 2013, bajo el seudónimo de Juan José Castelli, cuestionó la Ley de Tierras Rurales por considerar insuficiente la protección frente a la extranjerización y reclamó una política mucho más firme sobre tierras ubicadas en áreas estratégicas y de seguridad.
En el contexto actual, donde vuelven a adquirir centralidad la disputa por la tierra, los recursos naturales, la minería, los hidrocarburos, el agua y el territorio, Gallo Mendoza reaparece menos como una figura del pasado que como una caja de herramientas para interpretar el presente.
Su legado podría sintetizarse en una idea: el conocimiento no tiene sentido si no sirve para disputar el destino de la sociedad. Por eso la memoria de Gallo Mendoza no debería quedar confinada al homenaje. Su obra exige ser recuperada para discutir nuevamente qué modelo productivo, territorial y social necesita la Argentina.
En definitiva, despedir a Guillermo Gallo Mendoza es también preguntarse qué proyecto de país fue abandonado y qué relaciones de poder habría que volver a cuestionar para recuperarlo.