El texto de Esteban Schmidt es una pieza de opinión de alto voltaje, bien escrita y con una voz propia. Tiene el tono de alguien que conoce el oficio mediático desde adentro y que no se deja seducir por el «storytelling» de resiliencia y meritocracia que Hadad viene construyendo.
La tesis central —que Hadad es un simulador profesional, un jugador galáctico del periodismo como herramienta de poder y no como servicio público, y que ahora prueba el agua presidencial— está clara y se sostiene.
En fin que como señalara el gran Rene Lavand, frente a un público que (¡ay!) jamás descubría sus triquiñelas (?) : «No se puede hacer más lento»
El artículo de Bruno Sgarzini pone el foco en un caso especialmente revelador de la relación entre poder político, capital tecnológico y Estado: Trump compró acciones de Palantir y posteriormente salió públicamente a defender la cotización de la empresa. Los registros muestran compras por cientos de miles de dólares durante el primer trimestre de 2026, mientras Palantir se beneficiaba de contratos multimillonarios con el gobierno estadounidense.
El punto político de fondo es más importante que la operación bursátil: la administración Trump aparece como un espacio donde se entrecruzan decisiones estatales, intereses empresariales y valorización financiera. Palantir, fundada con financiamiento de la CIA y estrechamente vinculada al aparato de seguridad estadounidense, se convirtió en un proveedor estratégico de software para vigilancia, inmigración y defensa.
Trump no sólo gobierna: también invierte en empresas que se benefician de las políticas de su propia administración. El caso Palantir expone la creciente fusión entre Estado, capital tecnológico y complejo militar-securitario estadounidense, donde los contratos públicos alimentan las ganancias privadas y las decisiones del poder político pueden impactar directamente sobre la valorización financiera de las corporaciones.
En la cuarta parte de su serie sobre la inflación, el economista marxista Michael Roberts sostiene que el aumento persistente de los precios desde 2020 no fue producto del exceso de consumo ni de los salarios, sino de la recomposición de la rentabilidad del capital tras la pandemia. La inflación actuó como un mecanismo de transferencia de ingresos desde el trabajo hacia las empresas, mientras los bancos centrales respondieron castigando el empleo con tasas de interés más altas. Desde 2020 la Reserva Federal de Estados Unidos fijó un objetivo de inflación del 2%, pero la realidad fue muy distinta: los precios crecieron cerca del 4% anual y quedaron aproximadamente un 13% por encima de la tendencia previa a la pandemia. Para Roberts, este desvío representa un fracaso de la teoría económica dominante y de las políticas monetarias que prometían estabilidad de precios mediante el control de la demanda.
La rentabilidad antes que los salarios
El núcleo del argumento invierte la explicación convencional. La inflación no surgió porque los trabajadores consumieran demasiado o porque los salarios impulsaran una espiral de precios. Ocurrió porque, tras el colapso de 2020, las empresas enfrentaron un aumento extraordinario de costos —energía, transporte, insumos y cadenas logísticas— y trasladaron esos incrementos a los precios para preservar sus márgenes de ganancia.
Roberts recupera una tesis clásica de la economía política marxista: cuando el capital encuentra dificultades para sostener la rentabilidad mediante la producción, utiliza el sistema de precios para redistribuir ingresos a su favor. La inflación funciona entonces como un impuesto regresivo que erosiona el salario real sin necesidad de una reducción nominal de los sueldos.
El papel de los bancos centrales
La respuesta de la Reserva Federal y de otros bancos centrales consistió en elevar agresivamente las tasas de interés. El objetivo explícito era enfriar la economía reduciendo inversión, consumo y empleo hasta contener la inflación. Sin embargo, Roberts sostiene que esta estrategia combate los efectos y no las causas: si la inflación proviene de problemas estructurales de oferta y de la búsqueda de rentabilidad empresarial, encarecer el crédito sólo debilita a los trabajadores y frena la actividad económica.
La paradoja es evidente: mientras las ganancias corporativas se recuperaban, millones de hogares financiaban su consumo mediante deuda para compensar la pérdida de poder adquisitivo. La estabilización monetaria terminó descansando sobre un deterioro de las condiciones de vida populares.
Una lección para la Argentina
Aunque el análisis se centra en Estados Unidos, sus conclusiones dialogan con la experiencia argentina. Aquí también la inflación suele presentarse como consecuencia del exceso de gasto o de los salarios, cuando en realidad convive con mercados altamente concentrados, rentas extraordinarias y una creciente financiarización del consumo.
La deuda familiar, la morosidad y la caída del salario real no son fenómenos separados de la inflación: forman parte del mismo proceso de redistribución regresiva del ingreso. La estabilidad de los balances empresariales se consigue, cada vez más, a costa de hogares obligados a endeudarse para sostener niveles mínimos de consumo.
Como concluye Roberts, la inflación pospandemia no inauguró un nuevo equilibrio económico: reveló que el capitalismo contemporáneo utiliza la inflación y luego el ajuste monetario como dos momentos de una misma estrategia para restaurar la rentabilidad del capital